LA VERDAD DEL EVANGELIO

TEOLOGÍA SISTEMÁTICA

por Charles G. Finney

 

 Capítulo 20

Depravación Moral

 

Un examen más a fondo de los argumentos citados en apoyo a la postura de que la naturaleza humana es en sí misma pecaminosa.

Los defensores de la doctrina de la pecaminosidad constitucional, o depravación moral, insisten en un argumento adicional:

Que el pecado es un efecto universal de la naturaleza humana, y por tanto es en sí misma pecaminosa. Respondo:

Esto es un non sequitur (no sigue). El pecado puede ser, y debe ser, un abuso de la agencia libre, y se explica, como veremos, al atribuírsele a la universalidad de la tentación, y no implica una constitución pecaminosa. Pero si el pecado necesariamente implica una naturaleza pecaminosa, ¿cómo pecaron Adán y Eva? ¿Tuvieron una naturaleza pecaminosa con qué responder y causar su primer pecado? ¿Cómo pecaron los ángeles? ¿Tuvieron también una naturaleza pecaminosa? Ya sea que el pecado no implica naturaleza pecaminosa, o implica una naturaleza en sí misma pecaminosa, o Adán y los ángeles debieron haber tenido naturalezas pecaminosas antes de su caída.

De nuevo: Supongamos que consideramos al pecado como un evento o un efecto. Un efecto sólo implica una causa adecuada. La voluntad libre y responsable es una causa adecuada en la presencia de la tentación, sin la suposición de una constitución pecaminosa, como se ha demostrado en el caso de Adán y los ángeles. Cuando hemos encontrado una causa adecuada, es poco filosófico buscar y asignar otra.

De nuevo: Se dice que ningún motivo para pecar podría ser un motivo o una tentación si no hubiera sabor, gusto, o apetito pecaminoso inherente en la constitución a la que se dirige la tentación o el motivo. Por ejemplo, la presencia de alimento, se dice que no sería tentación comer, si no hubiera un apetito constitucional que terminara en el alimento. De modo que la presencia de cualquier objeto no podría ser ningún incentivo para pecar si no hubiera apetencia constitucional o antojo por el pecado. Entonces, de hecho, el pecado en acción sería imposible a menos de que hubiera pecado en la naturaleza. A esto respondo:

Supongamos que esta objeción se aplica al pecado de Adán y de los ángeles. ¿No podemos dar cuenta de Eva por comer del fruto prohibido sin suponer que tenía antojo de pecar? La Biblia nos informa que su antojo fue por el fruto, del conocimiento, y no del pecado. Las palabras son "Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella" (Gn. 4:6). Aquí no hay nada de deseo por el pecado. El comer ese fruto fue ciertamente pecaminoso, pero el pecado consistió en consentir el gratificar, de una manera prohibida, los apetitos, no por el pecado, sino por el alimento y el conocimiento. Pero los defensores de esta teoría dicen que debe haber una adaptación en la constitución, algo dentro que responde al motivo externo o la tentación, de otra manera el pecado sería imposible. Esto es verdad. Pero la pregunta es, ¿qué es ese algo dentro que responde al motivo externo? ¿Es un antojo por el pecado? Acabamos de ver el caso de Adán y Eva. Fue simplemente la correlación que existió entre el fruto y la constitución de ellos, la presencia del fruto que excitó los deseos por el alimento y el conocimiento. Esto llevó a indulgencia prohibida. Pero todos los hombres precisamente pecan de la misma forma. Consienten el gratificar, no un deseo por el pecado, sino un deseo por otras cosas, y el consentimiento de hacer la gratificación de uno mismo un fin, es el todo del pecado.

Los teólogos, cuyos puntos de vista estamos analizando, mantienen que los apetitos, las pasiones, los deseos, y las propensiones, que son constitucionales y enteramente involuntarios, son en sí mismos pecaminosos. A esto respondo que Adán y Eva los poseyeron antes de la caída. Cristo los poseyó, o no hubiera sido hombre, ni en el sentido apropiado, ser humano. No, estos apetitos, pasiones y propensiones no son pecaminosos, aunque son ocasiones para pecar. Son una tentación para querer buscar su indulgencia ilícita. Cuando se refiere a estos apetitos o deseos como "pasiones de pecar" o "concupiscencias o apetitos pecaminosos," no es porque sean pecaminosos en sí mismos, sino porque son ocasiones para pecar. Se han preguntado, ¿por qué estos apetitos o propensiones no se consideran pecaminosos, ya que son tentaciones prevalentes para pecar? Yo respondo:

Son involuntarios, y el carácter moral no puede referirse a ellos a razón de ser tentaciones como no podría del fruto que fue una tentación para Eva. No tienen diseño para tentar. Son constitucionales, sin inteligencia, involuntarios y es imposible que el carácter moral sea referido a ellos. Un agente moral es responsable por sus emociones, deseos y demás en tanto estén bajo el control directo o indirecto de su voluntad, y no más allá. Si se consienten según la ley de Dios, él hace bien. Si se hacen gratificación para un fin, se peca.

De nuevo: Se dan razones de la muerte y el sufrimiento de infantes previo a la transgresión presente como argumento para probar que los infantes tienen naturaleza pecaminosa. A esto respondo:

Que este argumento debe suponer que debe haber pecado donde haya sufrimiento y muerte. Pero esta suposición prueba demasiado, como probaría que los mismos animales tienen naturaleza pecaminosa o han cometido pecado real. Un argumento que prueba demasiado no prueba nada.

Los sufrimientos físicos prueban sólo depravación física y no moral. Previo a la agencia moral, los infantes no son más sujetos de gobierno moral que los brutos; por tanto, sus sufrimientos y muerte deben dar cuenta como los de aquellos brutos, por decir, al atribuírseles interferencia física con las leyes de la vida y la muerte.

Otro argumento para la constitución pecaminosa es que a menos que los infantes tengan naturaleza pecaminosa, no necesitan santificación para ser aptos para el cielo. Respondo:

Este argumento supone que si no son pecaminosos deben ser santos, mientras que no son ni pecaminosos ni santos hasta que sean agentes morales, y se consideren así por obediencia o desobediencia a la ley moral. Si van a ir al cielo, deben ser hechos santos o deben ser santificados. La objeción supone que la pecaminosidad previa es una condición de la necesidad de ser santo. Esto contrario al hecho. ¿Fueron primero Adán y los ángeles pecaminosos antes de ser santificados? Pero se supone que a menos que los agentes morales sean en un principio pecadores, no necesitan al Espíritu Santo para inducirlos a ser santos. Es decir, a menos que su naturaleza sea pecaminosa ellos se vuelven santos sin el Espíritu Santo. Pero ¿dónde se establece esto? Supongamos que no tienen carácter moral, y que su naturaleza no es ni santa ni pecaminosa. ¿Se volverán santos sin ser iluminados por el Espíritu Santo? ¿A quién le asegurarán que se volverán santos?

Se ha inferido que los infantes tienen una naturaleza pecaminosa desde la institución de la circuncisión tan temprano como al octavo día después del nacimiento. La circuncisión, verdaderamente se exige con urgencia, fue diseñada para enseñar la necesidad de la regeneración, y por implicación, la doctrina de la depravación moral. Se alega, siendo como obligación al octavo día del nacimiento, que se requirió en el periodo más temprano al cual se podía realizar con seguridad. De esto se infiere que los infantes se consideren como moralmente depravados desde su nacimiento.

En respuesta a esto diría que la circuncisión de infantes fue sin duda diseñada para enseñar la necesidad de ser salvado por el Espíritu Santo del dominio de la carne, que la influencia de la carne debe restringirse, y la carne debe ser circuncidada, o el alma se perdería. Esto en verdad necesitaba imprimirse en los padres desde el nacimiento de sus hijos. Este rito sangriento, doloroso y significativo estaba bien calculado para imprimir esta verdad en los padres y llevarlos desde su nacimiento a cuidar el desarrollo e indulgencia de sus propensiones y orar por su santificación. Requerirlo tan pronto fue sin duda diseñado para indicar que están desde el primer día bajo el dominio de su carne, sin proporcionar no obstante ninguna inferencia a favor de la idea de que su carne era en sí misma pecaminosa, o que la acción de su voluntad a temprana edad era pecaminosa. Si la razón no se desarrollara, la sujeción de la voluntad al apetito no podría ser pecaminosa. Pero si esta sujeción de la voluntad a la gratificación del apetito fuera o no pecaminosa, el infante debería ser librado de ella, o nunca podría ser apto para el cielo, no más que un simple bruto pudiera ser apto para el cielo. El hecho de que la circuncisión se requiriera en el octavo día, y no antes, parece indicar, no que ellos fueran pecadores totalmente desde el nacimiento, sino que desde muy temprano se volverían así, incluso desde el comienzo de la agencia moral.

De nuevo: el rito debía realizarse en algún momento. A menos que se asignara un día en particular, sería muy apto aplazarse, y finalmente no realizarse en lo absoluto. Es probable, que Dios ordenara que se llevara a cabo en el periodo más temprano al cual podría hacerse con seguridad, no sólo por las razones ya asignadas, sino para prevenir se descuidara demasiado tiempo su ser, y quizá de una vez por todas, y quizá, también porque sería menos doloroso y peligroso a edad muy temprana cuando el infante durmiera la mayor parte del tiempo. Mientras más se dejara, mayor sería la tentación de dejarlo de una vez por todas. Tan doloroso que se necesitaba imponer un ritual por un estatuto positivo, en algún momento en particular, y era deseable que a decir de todo que debería llevarse a cabo tan pronto como tan seguro pudiera ser. Este argumento, entonces, para la depravación moral constitucional nativa no equivale a nada.

De nuevo: se insiste en que a menos que los niños tuviesen una naturaleza pecaminosa, si mueren en su infancia, no podrían ser salvos por la gracia de Cristo.

A esto respondo que en este caso no serían, y no podrían ser enviados, como algo común, al lugar de castigo para los pecadores porque serían confundidos con los culpables, algo moralmente imposible para Dios.

Pero ¿qué gracia podría haber en salvarlos de su constitución pecaminosa, que no se ejercita en salvarlos de las circunstancias que ciertamente resultarían en su regreso a ser pecadores, si no son arrebatados de ellas? En ningún caso necesitan perdón por el pecado. La gracia es un favor no merecido, una gratuidad. Si el infante tiene una naturaleza pecaminosa, es su infortunio, pero no su delito. Salvarlo de esa naturaleza es salvarlo de aquellas circunstancias que ciertamente resultarán en la transgresión misma a menos que sea rescatado por la muerte y por el Espíritu Santo. De modo que si su naturaleza no es pecaminosa, pero es cierto que su naturaleza y circunstancias son tales, que seguramente pecará a menos que sea rescatado por la muerte o el Espíritu Santo antes de ser capaz de pecar. Ciertamente debe ser un favor infinito que se le rescate de tales circunstancias, y especialmente se tenga vida eterna otorgada como mera gratuidad. Esto seguramente es gracia. Y como los infantes pertenecen a una raza de pecadores que son todos, por así decirlo, vueltos a las manos de Cristo, sin duda atribuirán su salvación a la infinita gracia de Cristo.

De nuevo: ¿acaso no es la gracia la que nos salva de pecar? ¿Qué es entonces más que la gracia la que salva a los niños de pecar, al arrebatarlos de las circunstancias de la tentación? ¿De qué modo la gracia salva a adultos de pecar, sino al guardarlos de la tentación, o al darles gracia para vencerla? Y ¿acaso no hay gracia en rescatar a los niños de las circunstancias que son inevitables, si se les deja en ellas, para dirigirlos hacia el pecado?

Todo lo que justamente se puede decir en cada caso es que si los niños son salvados, lo cual supongo que sí, son rescatados por la benevolencia de Dios de las circunstancias que resultarían en muerte segura y eterna, y son por la gracia hechos herederos de vida eterna. Pero después de todo, es inútil especular sobre el carácter y el destino de aquellos que no son reconocidamente agentes morales. La benevolencia de Dios se hará cargo de ellos. Es disparatado insistir en su depravación moral antes de que sean agentes morales, y es frívolo afirmar que deben ser moralmente depravados como una condición de ser salvados por gracia.

Negamos que la constitución humana sea moralmente depravada porque es imposible que el pecado deba ser una cualidad de sustancia del alma o del cuerpo. Es, y debe ser, una cualidad de elección o intención, y no de sustancia. Hacer del pecado un atributo o cualidad de sustancia es contraria a la definición de Dios del pecado. "El pecado," dice el apóstol, "es anomia," una "transgresión, falta de conformidad a la ley moral." Es decir, consiste en rehusar amar a Dios y a nuestros semejantes, o que es lo mismo, amar a nosotros mismos supremamente.

Representar la constitución como pecaminosa es representar a Dios, el autor de la constitución, como el autor de pecado. Decir que Dios no es el formador directo de la constitución, sino que el pecado transmitido por la generación natural desde Adán, quien se hizo él mismo pecaminoso, es sólo remover la objeción un paso más atrás, pero no obviarla, pues Dios estableció las leyes físicas de la necesidad para que este resultado aconteciera. Pero, ¿cómo llegó a Adán por una naturaleza pecaminosa? ¿Cambió su naturaleza su primer pecado?, o ¿Dios lo cambió como castigo por pecar? ¿Qué sustento hay para afirmar que la naturaleza de Adán se volvió pecaminosa por la caída? Esto es sin sustento, por no decir, una suposición ridícula y absurda. ¿El pecado un atributo de la naturaleza? ¡Una sustancia pecaminosa! ¡El pecado una sustancia! ¿Acaso es un sólido, un fluido, una sustancia material o espiritual?

He recibido de un hermano la siguiente nota sobre el tema:

"Los credos ortodoxos son en algunos casos cuidadosos en decir que el pecado original no consiste en la sustancia ni del cuerpo ni del alma. De este modo Bretschneider, considerado entre los racionalistas en Alemania, dice 'los libros simbólicos con razón sostuvieron que el pecado original no es en ningún sentido la sustancia del hombre, su cuerpo o su alma, como Flacio enseñó, sino que ha sido infundido en la naturaleza humana por Satanás, mezclado con ella, como el veneno y el vino se mezclan'.

"Ellos más bien se protegen contra la idea de lo que quieren decir con la frase 'la naturaleza del hombre,' su sustancia, pero de algún modo aquello fijado en la sustancia. Explican que el pecado original, por tanto, no es un atributo del hombre tan esencial, es decir, una parte esencial y necesaria de su ser, sino un accidente; es decir, algo que no subsiste en sí mismo, sino algo accidental, que ha llegado en la naturaleza humana. Él cita la Fórmula Concordantiae al decir: 'La naturaleza no denota la sustancia en sí del hombre, sino algo inherente, fijo en la naturaleza o sustancia.' Accidente se define 'lo que no subsiste por sí mismo, sino que está en alguna sustancia y puede distinguirse de él".

Aquí parece que el pecado es por sí mismo, pero no una sustancia o subsistencia, no una parte o atributo del cuerpo y el alma. ¿Qué puede ser? ¿Consisten en una acción incorrecta? No, no en acción, sino es un accidente que es inherente, fijo en la naturaleza de la sustancia, Pero, ¿qué puede ser? Sustancia no, acción tampoco. Pero si es cualquier cosa, debe ser sustancia o acción. Si es sustancia, ¿ es esto más que sustancia en un estado en particular? ¿Creen estos escritores por esta sutileza y refinamiento mitigar su doctrina de la depravación moral constitucional de su absurdo intrínseco?

Me opongo a la doctrina de la pecaminosidad constitucional la cual hace que todo el pecado sea original y presente, una mera calamidad, y no un crimen. Para aquellos que sostienen que el pecado es una parte esencial e inseparable de nuestra naturaleza, para llamarlo un crimen, es hablar tonterías. ¡Qué! ¿Una naturaleza pecaminosa el crimen de él al cual se le vincula, sin su conocimiento o consentimiento? Si la naturaleza es pecaminosa, en tal caso que la acción debe ser necesariamente pecaminosa, que la doctrina de la Confesión de Fe, entonces el pecado en acción debe ser una calamidad, y no puede haber crimen. Es el efecto necesario de una naturaleza pecaminosa. No puede ser un crimen, ya que la voluntad no tiene nada que ver con él.

Claro, debe haber arrepentimiento, con o sin la gracia de Dios, imposible, a menos que la gracia ponga a un lado nuestra razón. Si el arrepentimiento implica condenación de uno mismo, nunca podremos arrepentirnos en el ejercicio de nuestra razón. Como estamos constituidos, es imposible que nos condenemos a nosotros mismos por una naturaleza pecaminosa, o por acciones que son inevitables. La doctrina del pecado original, o de la constitución pecaminosa, y de acciones pecaminosas necesarias, representa como pura farsa el todo del gobierno moral de Dios, el plan de salvación por Cristo, y ciertamente cada doctrina del evangelio. Sobre esta suposición la ley es tiranía, y el evangelio un insulto a los infortunados.

Es difícil, y ciertamente, para quienes realmente creen esta doctrina de urgir arrepentimiento y sumisión inmediatos en el pecador, que siente que es infinitamente culpable a menos que acceda instantáneamente. Es una contradicción afirmar que un hombre pueda de corazón creer en la doctrina en cuestión, y a la vez verdaderamente y de corazón culpar a pecadores por no hacer lo que es naturalmente imposible para ellos. La convicción secreta debe hacerse en la mente de aquella persona de que al pecador no se le debe culpar por ser pecador, pues de hecho, si esta doctrina fuera verdadera, no se le debe culpar por ser pecador ni mucho menos culpársele por ser humano. El defensor de esta doctrina debe saber esto. Es en vano para este defensor fingir que realmente culpa a los pecadores por su naturaleza, o por su conducta que es inevitable. No puede hacer más que negar con honestidad las afirmaciones necesarias de su propia razón. Por tanto, los defensores de esta teoría deben sólo tenerla como teoría sin creerla, o de otro modo en su convicción secreta debe excusar al pecador.

Esta doctrina natural y necesariamente lleva a sus defensores, por lo menos secretamente, a atribuir la expiación de Cristo a la justicia en vez de a la gracia, de considerarla más bien como un recurso para aliviar al infortunado, en vez de administrar el perdón posible del pecador inexcusable. Los defensores de la teoría no pueden más que considerar el caso del pecador como uno difícil y a Dios bajo la obligación de proporcionar un camino para que él escape de la naturaleza pecaminosa, transmitida en él a pesar de él mismo, y de sus transgresiones existentes que resultan de su naturaleza bajo una ley de la necesidad. Si todo esto es verdad, el caso del pecador es infinitamente difícil, y Dios aparecería como el ser más cruel e irrazonable de todos los seres, si no proveyera un escape. Estas convicciones deberán hospedarse, y se hospedarán, en la mente de aquel que realmente cree en el dogma de una naturaleza pecaminosa. Esto, en sustancia, es a veces afirmado por los defensores de la doctrina del pecado original.

El hecho que Cristo murió en lugar de los pecadores, y por ellos, prueba que Dios consideró a los hombres no como infortunados, sino como criminales y a la vez sin excusa. Seguramente Cristo no necesitó haber muerto para expiar las desgracias de los hombres. Su muerte fue para expiar su culpa y no sus desgracias. Pero si están sin excusa por el pecado, deben estar sin una naturaleza pecaminosa que considera inevitable al pecado. Si están sin excusa de pecado, como el todo la ley y el evangelio asume y enseña, no puede ser posible que su naturaleza sea pecaminosa, pues por una naturaleza pecaminosa sería la mejor de las excusas para pecar.

La doctrina es una piedra de tropiezo tanto para la iglesia como para el mundo, infinitamente deshonrosa para Dios, y una abominación igual para Dios y para el intelecto humano, y debería prohibirse en cada púlpito, y en cada fórmula de doctrina, y en el mundo. Es una reliquia de la filosofía pagana y fue equivocadamente insertada entre las doctrinas del cristianismo por Agustín, como cada uno podría saber quién se tomaría la molestia de examinar por uno mismo. Este modo de ver de la depravación moral al cual me estoy oponiendo ha sido el bastión del universalismo. De ahí, los universalistas hablan en contra de una fuerza irresistible de la idea de que los pecadores deben enviarse al infierno eterno. Suponiendo la doctrina largamente defendida del pecado original o la constitución pecaminosa, proceden a mostrar, que sería infinitamente razonable e injusto para Dios mandarlos al infierno. ¡Qué! ¡Crearlos con naturaleza pecaminosa, de la cual procedemos, por una ley de la necesidad, transgresiones presentes, y luego enviarlos al infierno eterno por tener esa naturaleza, y por transgresiones que son inevitables! ¡Imposible! Ellos dicen; y el intelecto humano responde amén.

Del dogma de una naturaleza o constitución pecaminosas también ha natural e irresistiblemente fluido la doctrina de la inhabilidad para arrepentirse, y de la necesidad de una regeneración física. Éstas también han sido una lamentable piedra de tropiezo para los universalistas, como cada uno sabe quién está en lo absoluto familiarizado con la historia del universalismo. ¡Infieren la salvación para todos los hombres por el hecho de la benevolencia de Dios y la omnipotencia física! Dios es todopoderoso y es amor. Los hombres están constitucionalmente depravados y son incapaces de arrepentirse. Dios no puede y no los mandará al infierno. No lo merecen. El pecado es una calamidad, y Dios puede salvarlos y debe hacerlo. Ésta es la sustancia de su argumento. Y suponiendo la verdad de sus premisas, no hay modo de evitar su conclusión, pero todo el argumento está construido en "aquello con lo que se hacen los sueños". Arremetan contra el dogma erróneo de una naturaleza pecaminosa y todo el edificio del universalismo se vendrá abajo en un momento. Ahora llegamos a considerar:

2. El método apropiado para dar razón de la depravación moral.

Hemos visto más de una vez que la Biblia nos ha dado la historia de la introducción del pecado en nuestro mundo, y por la narrativa, es claro, que el primer pecado consistió en egoísmo, o en consentir la indulgencia de propensiones constitucionales excitadas de una forma prohibida. En otras palabras, consistió en someter a la voluntad a los impulsos de la sensibilidad en vez de permanecer en la ley de Dios, como se reveló en la inteligencia. Así la Biblia atribuye al primer pecado de nuestra raza a la influencia de la tentación.

La Biblia una vez, y sólo una vez, incidentalmente da a entender que el primer pecado de Adán ha sido de alguna manera la ocasión, no la causa física necesaria, de todos los pecados de los hombres. Romanos 5, versículos del 12 al 19. Ni dice ni da nada a entender en relación al modo en que el pecado de Adán ha ocasionado este resultado. Sólo incidentalmente reconoce el hecho, y luego lo deja, como si el cómo fuera muy obvio para que necesitara explicación. En otras partes de la Biblia se nos informa cómo vamos a dar razón de la existencia del pecado entre los hombres. Santiago dice que un hombre es tentado cuando es atraído por sus concupiscencias (____µ___ "deseos") y es seducido. Es decir, sus concupiscencias, o los impulsos de su sensibilidad, son sus tentadores. Cuando él, o su voluntad, es vencido por éstos, peca. Pablo y otros escritores inspirados representan al pecado en una mente carnal, en la mente de la carne, pensando en la carne. Es claro que por el término carne quieren decir que la entendemos por sensibilidad, como se distingue del intelecto, y que representa al pecado que consiste en obedecer, pensar en los impulsos de la sensibilidad. Representan al mundo, y a la carne, y a Satanás, como las tres grandes fuentes de la tentación. Es claro que el mundo y Satanás tientan por atracciones de la carne, o la sensibilidad. De este modo, los apóstoles tienen mucho que decir de la necesidad de la destrucción de la carne, de los miembros, de despojarnos del viejo hombre con sus obras, y demás. Ahora, vale la pena observar, que toda esta meticulosidad, por parte de la Inspiración, para dar a entender la fuente de donde proviene el pecado, y para valorar el método apropiado para dar razón de él, y también para evitarlo, ha sido probablemente la ocasión de llevar a ciertos filósofos y teólogos, que no han examinado cuidadosamente todo el tema, a tomar una postura, que es directamente opuesta a la verdad intentada por los escritores inspirados. Debido a que se ha dicho mucho de la influencia de la carne sobre la mente, han inferido que la naturaleza y la constitución física del hombre es en sí misma pecaminosa. Pero las representaciones de la Escritura son que el cuerpo es la ocasión del pecado. La ley en los miembros de ellos, que hacen guerra contra la ley de su mente, de la cual habla Pablo, es manifiestamente el impulso de su sensibilidad, le lleva a cautividad, es decir, influye en su voluntad, a pesar de todas sus convicciones a lo contrario.

La depravación moral consiste, recuérdese, en la entrega de la voluntad a la gratificación o la indulgencia del yo, en la sumisión de la voluntad para ser gobernada por los impulsos de la sensibilidad y los deseos de la sensibilidad en lugar de someterse a sí misma a la ley de Dios revelada en la razón.

Esta definición muestra cómo se es responsable, a saber: la sensibilidad actúa como un impulso poderoso en la voluntad, desde el momento del nacimiento, y asegura el consentimiento y la actividad de la voluntad para procurar su gratificación antes de que la razón se desarrolle. La voluntad de este modo se entrega a la gratificación de sentimiento y apetito cuando primero la idea de la obligación moral es desarrollada. Este estado de entrega de la voluntad no es depravación moral, y no tiene carácter moral hasta que la idea de obligación moral se desarrolla. Al momento que esta idea se desarrolla, esta entrega de la voluntad a la indulgencia de uno mismo debe abandonarse o se vuelve depravación moral o egoísmo. Pero como la voluntad ya está en un estado de entrega, y hasta cierto punto formó el hábito de buscar gratificar el sentimiento, y como la idea de obligación moral es en un principio desarrollada débilmente a menos que el Espíritu Santo interfiera para dar luz en el alma, la voluntad, como es de esperarse, retiene su espera en la gratificación de uno mismo. Aquí el carácter moral comienza y debe comenzar. Nadie puede concebir su comienzo más temprano.

Esta elección egoísta es el corazón perverso, la propensión al pecado, que causa lo que generalmente se denomina transgresión de hecho. Esta elección pecaminosa es propiamente llamada la morada del pecado. Es la preferencia latente, sobresaliente y controladora de la mente, y la causa de toda la vida externa y activa. No es la elección del pecado en sí misma concebida distintamente, o elegida como pecado, sino la elección de la gratificación lo que es pecado.

De nuevo: Recuérdese que la depravación física de nuestra raza tiene mucho que ver con nuestra depravación moral. Un sistema físico enfermizo expresa los apetitos, pasiones, humor, y propensiones más clamorosas y despóticas en sus demandas, y desde luego, apremiando constantemente al egoísmo, lo confirma y lo fortalece. Debe recordarse con claridad que la depravación física no tiene carácter moral en sí misma, sino es la fuente de tentación encarnizada para el egoísmo. La sensibilidad humana es, manifiesta, profunda y físicamente depravada, y como el pecado, o la depravación moral, consiste en entregar la voluntad a la gratificación de la sensibilidad, su depravación física poderosamente fortalecerá la depravación moral. La depravación moral está entonces debiendo a la tentación. Es decir, el alma es tentada a la indulgencia de uno mismo, se somete a la tentación, y este sometimiento, y no la tentación, es pecado o depravación moral. Esto es manifiestamente la forma en que Adán y Eva se volvieron moralmente depravados. Fueron tentados incluso por un apetito no depravado, a indulgencia prohibida y fueron vencidos. El pecado no consistía en el deseo constitucional del alimento, o del conocimiento, no del estado excitado de estos apetitos o deseos, sino en el consentimiento de la voluntad a la indulgencia prohibida. De la misma forma todos los pecadores se vuelven así; es decir, se vuelven moralmente depravados al rendirse a la tentación para la gratificación de uno mismo bajo alguna forma. Efectivamente, es imposible que ellos deban volverse moralmente depravados de otra manera. Negar esto sería pasar por alto la mera naturaleza de la depravación moral.

Para resumir la verdad sobre este tema en pocas palabras, diría:

1. La depravación moral en nuestros primeros padres fue inducida por la tentación dirigida a las susceptibilidades no pervertidas de su naturaleza. Cuando estas susceptibilidades se volvieron fuertemente excitadas, vencieron a la voluntad; es decir, la pareja humana fue excesivamente persuadida y cayó bajo la tentación. Esto se ha dicho repetidamente, pero necesita repetirse en un resumen.

2. Toda depravación comienza sustancialmente de la misma manera. Veamos:

(1.) Los impulsos de la sensibilidad se desarrollan, comenzando desde el nacimiento y dependiendo del desarrollo físico y crecimiento.

(2.) Los primeros actos de la voluntad están en obediencia a éstos.

(3.) La gratificación de uno mismo es la regla de acción previo al desarrollo de la razón.

(4.) No se ofrece ninguna resistencia a la indulgencia del apetito de la voluntad hasta que se forma un hábito de indulgencia de sí misma.

(5.) Cuando la razón afirma obligación moral, encuentra a la voluntad en un estado de entrega habitual y constante a los impulsos de la sensibilidad.

(6.) Las demandas de la sensibilidad se han vuelto más y más despóticas cada hora de indulgencia.

(7.) En el estado de las cosas, a menos que el Espíritu Santo se interponga, la idea de obligación moral será desarrollada débilmente.

(8.) La voluntad desde luego rechaza el ofrecimiento de la razón y se adhiere a la indulgencia de uno mismo.

(9.) Se hace la pregunta fundamental. Es decidir a favor del apetito, contra las demandas de la conciencia y de Dios.

(10.) Una vez rechazada la luz, puede después ser resistida fácilmente hasta que prácticamente se excluye.

(11.) El egoísmo se confirma, se fortalece y se perpetúa por un proceso natural. Se desarrollo con el crecimiento del pecador y se fortalece, y lo hará por siempre a menos que sea vencido por el Espíritu Santo a través de la verdad.

 

Observaciones

 

1. Adán, que es la cabeza natural de la raza, naturalmente, por la constitución de las cosas afectaría más sabia, grandemente lo bueno o lo malo de toda la posteridad.

2. Su pecado en muchas maneras expuso su posteridad a la tentación agravada. No sólo la constitución física de todos los hombres, sino todas las influencias bajo las cuales ellos primero formaron su carácter moral, son ampliamente distintas de lo que ellas hubieran sido, si el pecado nunca hubiera sido introducido.

3. Cuando el egoísmo se entiende, que es el todo de la depravación moral, el cómo o la manera en que llegó a existir, se manifiesta. Concepciones claras del objeto instantáneamente revelarán la ocasión y el modo.

4. La única dificultad de dar cuenta de ello ha sido la suposición falsa que debe haber y que es algo detrás de las acciones libres de la voluntad, que sostiene a aquellas acciones la relación de una causa, que es en sí pecaminosa.

5. Si el santo Adán y los santos ángeles pudieron caer bajo tentaciones dirigidas a la sensibilidad no depravada, cuán absurdo es concluir que el pecado en aquellos que nacen con una constitución físicamente depravada no se les puede responsabilizar sin atribuir el pecado original o una naturaleza que es en sí misma pecaminosa.

6. Sin la iluminación divina, el carácter moral desde luego será formado bajo la influencia de la carne. Es decir, propensiones bajas desde luego influirán en la voluntad a menos que la razón se desarrolle por el Espíritu Santo.

7. El dogma de depravación moral constitucional es una parte y un paquete de la doctrina de una voluntad necesitada. Es una rama de una filosofía burdamente falsa y pagana. ¡Cuán infinitamente absurdo, peligroso e injusto, entonces, para encarnarla en un patrón de doctrina cristiana para darle el lugar de un artículo indispensable de fe y denunciar como herejes a todos quienes no crean sus tonterías!

8. Somos incapaces de decir precisamente a qué edad los infantes se vuelven agentes morales, y desde luego, cuán temprano se vuelven pecadores. Sin duda hay mucha diferencia entre los niños en este respecto. La razón se desarrolla en uno más pronto que en otro según la constitución y las circunstancias.

Una consideración minuciosa del tema sin duda llevará a la convicción de que los niños se vuelven agentes morales mucho más pronto de lo que generalmente se supone. Las condiciones de la agencia moral son, como se ha dicho repetidamente en capítulos anteriores, junto con el desarrollo de las ideas del bien o lo valioso, de la obligación moral u obligatoriedad, lo correcto y lo equivocado, lo loable y lo culpable. He intentado mostrar en capítulos anteriores, que la satisfacción mental, la bendición o la felicidad, es el bien soberano. La satisfacción que surge de la gratificación de los apetitos, es una de las experiencias más tempranas de los seres humanos. Esto sin duda sugiere o desarrolla, en un periodo muy temprano, la idea de lo bueno o lo valioso. La idea es sin duda desarrollada mucho antes que lo exprese en palabras. El niño sabe que la felicidad es buena y la busca en la forma de gratificación de uno mismo, mucho antes de que los términos que designan este estado mental sean entendidos, y sin duda muy temprano a esta idea, que el disfrute de otros valga la pena buscar, y afirmarse a sí misma, no en palabras, sino en la idea que debe complacer a sus padres y quienes a su alrededor. Sabe, de hecho, aunque la lengua es aún desconocida, que ama ser gratificada, y ser feliz y busca el disfrute para sí, y sin duda tiene la idea que no debe desagradar y angustiar a aquellos que están a su alrededor, pero que debe intentar agradar y gratificarlos. Esto es probable entre las primeras ideas, si es no es la primer idea, de la razón pura que se desarrolla, es decir, la idea de lo bueno, lo valioso, lo deseable; y lo siguiente debe ser aquello de obligatoriedad, o obligación moral, o de lo correcto y lo equivocado, etc. Tan pronto como estas palabras son entendidas por ellos para expresar ideas ya en sus mentes, y que las ideas que tienen hubieran tenido mucho antes de lo que pudieran recordar. Algunos, y de hecho casi todas las personas, parecen tener la idea de que los niños se afirman a sí mismos estar bajo la obligación moral antes de que tengan idea de lo bueno; que afirman su obligación para obedecer a sus padres antes de que sepan, o tengan idea de lo bueno y de lo valioso. Pero esto es un error, y debe ser un error. Pueden afirmar y afirman obligación para obedecer a sus padres antes de que puedan expresar en lenguaje, y antes de entiendan, una declaración de la base de su obligación. La idea, no obstante, que ellos tienen, y deben tener, o no podrían afirmar obligación.

9. ¿Por qué es el pecado tan natural para la humanidad? No porque es en sí pecaminoso, pero porque los apetitos y las pasiones tienden tan fuertemente a la indulgencia de uno mismo. Éstas son tentaciones para pecar, pero el pecado en sí mismo no consiste en estos apetitos y propensiones, sino en la entrega voluntaria de la voluntad a la indulgencia de éstos. Esta entrega de la voluntad es egoísmo y cuando la voluntad se rinde una vez, es muy natural pecar. La voluntad una vez entregada a la indulgencia de uno mismo como su fin, las acciones egoístas son en un sentido espontáneas.

10. La constitución de un ser moral como un todo, cuando todos los poderes se desarrollan, no tiende al pecado, sino fuertemente a una dirección opuesta; como se manifiesta por el hecho de que, cuando la razón es desarrollada completamente por el Espíritu Santo, es más que un igual para la sensibilidad, y vuelve el corazón a Dios.

La dificultad es que la sensibilidad obtiene el comienzo de la razón, y fija su atención en idear medios de gratificación de uno mismo, y así retarda, y en gran medida previene, el desarrollo de las ideas de la razón que fueron diseñadas para controlar la voluntad. Es un desarrollo mórbido que al Espíritu Santo se le da para rectificar, al forzar la verdad a la atención, como para asegurar el desarrollo de la razón. Al hacerlo, lleva a la voluntad bajo la influencia de la verdad. Nuestros sentidos nos relevan los objetos correlacionados para nuestra naturaleza animal y propensiones. El Espíritu Santo revela Dios el mundo espiritual, y toda esa clase objetos que están correlacionados con nuestra naturaleza más elevada, para dar razón el control de la voluntad. Esto es regeneración y santificación, como veremos en su momento.

 

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